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La Coctelera

Viajando en Moto

... el destino es lo de menos

Categoría: Viajes

14 Junio 2007

Se cierra este blog

Pues eso, echo la llave, cierro el blog.
De ahora en adelante subiré todas la saventurillas y demás a

www.viajoenmoto.com

Que, dicho sea de paso, es mi nueva página web

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7 Junio 2007

Narón, Ourense, Leitariegos... algo más?

Narón, Ourense, Leitariegos y lo que sea

Este fin de semana puedo calificarlo como muyproductivo, desde el punto de vista de viajar en moto. El sábado salí con rumbo a Narón, en A Coruña, donde los del Motoclub Os Fojeteiros celebraban su segunda concentración. Hacía años ya que no iba a ningún evento de este tipo, si exceptuamos la de Pingüinos y la verdad es que quedé sorprendido del grato ambiente que se respiraba en Narón. Mucha moto, muchísima, hasta el punto de superar los 800 inscritos, cuando había intención de “cerrar” en 500, y entre ellas mucha “R” y mucha “custom”. Parece que el fenómeno custom ha arraigado con más fuerza que nunca en nuestro país y un sector muy amplio de mundo motero prefiere las horquillas avanzadas y los asientos mullidos antes que la versatilidad de otro tipo de motos.
La gente muy maja en general, mucha camaradería y muy buen rollito, excepción hecha de una rubia de bote que parecía estar por encima del bien y del mal y, por supuesto, muy por encima de todos los presentes. Allí puesta, encima de una gran custom marcando michelín en su inconsciencia y regalándonos su presencia, evocaba ligeramente a la Sirenita de Copenhague aunque la primera era mucho más burda. Pero dejemos estashumanas veleidades, que la señora ya tuvo su minuto de gloria, y volvamos a proceloso mundo de la moto. Decía que Os Fojeteiros se portaron y, después de las exhibiciones de acrobacias y freestyle, pasamos a una opípara cena a base de churrasco para luego disfrutar de un sábado muy agradable hasta altas horas de la madrugada bajo la enorme carpa preparada a tal efecto.
“Días de muito, vísperas de nada”

Por la mañana, luego de tres horas de duermevela en la tienda de campaña, me levanté a las nueve con el calimocho dándome vueltas en el estómago y la firme promesa, ya que estaba en Coruña de que “nunca máis”. Fútil promesa ésta que desparecerá como humo en cuanto la ocasión sea propicia, seguramente el próximo sábado...
Un café y una magdalena más tarde ya me dejaron medio preparado para la ruta turística por los alrededores de Narón. Un circuito de 30 km. muy agradable, con refrigerio incluido y que sirvió de preludio a otra pantagruélica ingestaa base de mejillones al vapor, pinchos morunos, churrasco, helado y café. Sentado frente al presidente del Motoclub Os Esquíos, de A Pobra de Trives, parecía tener una competición con él, sobre la apropiación bucal de mejillones.
Ahora ya no me quedaba más que la siesta y la vuelta a casa, otros 200 km. de placer a lomos de la Tenere.
Cuando faltaban 15 km. para llegar a casa una extraña sensación me invadió. Parecía como si la moto y yo estuviéramos más compenetrados que nunca y, de repente, me encontré circulado a velocidades vertiginosas mientras bajaba en Puerto de El Acebo enlazando curvas como nunca antes lo había hecho. Ni que decir tiene que la carretera me la conozco al dedillo, hasta su último bache, pero aquellas velocidades eran excesivas aún conociendo bien el terreno. Dios! qué manera de retorcer acelerador y que perfección en las trazadas. Disfruté como un niño con zapatos nuevos y, antes de darme cuenta estaba aparcando la moto delante de casa. Placer, absoluto placer.
Lunes. Ruta de Quiroga y Leitariegos

El entre el sábado y el domingo casi 500 km y el lunes aún quedan ganas, como no podría ser de otro modo, de seguir rulando por las carreteras secundarias. Así que, en esta ocasión acompañado de mi mujer, me dispuse a otro bonito día de ruta y de exploración por la Galicia profunda, la que no sale en las guías de turismo y a la que difícilmente se llega en una maxitouring. La idea primigeniaera hacer la ruta hasta Quiroga, en el sur de la provincia de Lugo, ya en el límite con Ourense y para ello, nada mejor que hacerlo por la Serra do Courel, una zona bastante desconocida y que, como tendríamos ocasión de comprobar, ofrece unos encantos fuera de lo común.
Bien pertrechados y con el depósito lleno salimos en dirección a Baleira por la AS-28 para enlazar con la LU-710, una carretera estrecha y bacheada que discurre plácidamente por los llanos del valle de Pousada, donde se alternan prados y castañales en un mosaico lleno de vistosidad.
Al llegar a Baralla, en la N-VI, teníamos la posibilidad de continuar por la nacional o la autovía en dirección sureste, hasta Pedrafita do Cebreiro y luego desviarnos hacia el suroeste en dirección a O Courel. El lugar de eso decidimos adentrarnos por carreteras de tercer orden hacia el sur que en nuestro mapa vienen señalizadas como una fina línea de color morado. Lo que nos encontramos fue una sucesión de carreterillas, en algún caso de no más de tres metros de ancho, bacheadas y llenas de socavones que hacían que la conducción se volviese, no solo conservadora sino siempre alerta. Aunque el tráfico era muy escaso de vez en cuando aparecía algún coche y eso propiciaba que mi atención no se desviase mucho de la vía.
A las primeras de cambio, en uno de los primeros cruces, aparecimos en una cantera porque su carretera, privada, era mejor que la vía pública.
En teoría estábamos circulando por la LU-0503, pero el recuerdo se me hace algo confuso. A veces me daba la impresión de que estábamos totalmente perdidos y decidí que tenía que hacerme con un GPS cuanto antes. Al menos, por el sol, sabía que nos desplazábamos en dirección sur.Poco a poco, circulando despacio y admirando cada rincón de esta comarca, llegamos a Triacastela, epicentro de movimientos telúricos y comienzo del ascenso a O Cebreiro, aunque nosotros nos desviaremos en Hospital en dirección a O Courel. Circulamos paralelos al Camino de Santiago Francés, es decir el que se adentra en Galicia desde la provincia de León. Esta es la ruta más masificada en contraposición a otras rutas menos conocidas como el Camino Primitivo o el Portugués. No tardamos en darnos cuenta de ello por el constante goteo de peregrinos y por lo trallado que se ve su camino. Después de un ascenso de 15 km trazando las cuatro o cinco enormes paellas llegamos al desvío hacia a Serra do Courel.
Al tomar la LU-1301 me pregunto por qué alguien se ha molestado en ponerle un número a semejante vial que no llega a la categoría de carretera de cuarto orden. Me pregunto cómo es posible que una zona con tanta belleza y con tantas posibilidades de explotación turística esté tan dejada de la mano de la administración. Es como si aquí solo existiera el Caminode Santiago y todo lo que queda a más de 25 metros de su vera estuviese totalmente olvidado. Descendemos por una bajada muy pronunciada hasta el fondo del valle atravesando pueblos sin nombre y tomando cruces por puro instinto porque aquí nada hay señalizado. Hemos llegado a una Galicia profunda en la que los sucesivos gobernantes no han reparado, dejando a sus habitantes con unas míseras infraestructuras en una comarca abrupta, condenados al ostracismo y a la emigración. Los que quedan se preocupan por sobrevivir y las licencias estéticas son mínimas en estas duras tierras. Si acaso unos anodinos rosales que malviven, mortecinos, al lado de una casa medio restaurada, evidencian una de las pocas concesiones ornamentales en una comarca que agoniza. Sin embargo los ornamentos moran en el paisaje que tiene una fuerza sobrecogedora. Las casas, los valles, la enormidad de las viejas montañas pizarrosas del paleozoico, los bosques de castaños, robles, abedules... intercalados entre extensas superficies de brezales hacen que nos sintamos pequeños en nuestra moto, apenas unos insignificantes exploradores a lomos de una vieja máquina.
Al llegar al fondo del valle, extasiados de tanta belleza, ascendemos, de nuevo de forma escabrosa un nuevo puerto sin nombre. Veo, con tristeza, que las zonas altas están degradadas a base de incendios repetidos durante decenios. Los pastos de montaña son regenerados aquí a base de fuego en invierno, cuando llegan los vientso terrales del sur, para que el ganado aproveche los brotes tiernos de primavera. Se trata de un sistema arcaico que degrada el suelo y la vegetación, reduciendo ésta a matas pirófitas de escaso valor nutritivo para el ganado pero a cambio de una carga de trabajo mínima: disponer de cerillas.
En nuestro particular periplo llegamos a Seoane do Courel para comer en el restaurante Anduriña unas truchas exquisitas y a un precio más que barato. Mientras comíamos no le quitaba ojo a una chica que comía con su familia en la mesa de al lado. por su conversación deduje que era modelo y me pregunté que hacía una mujer de pasarela por aquellos andurriales, resultaba chocante e incluso un poco fuera de lugar, tan mona ella y tan lejos de su glamouroso mundo.
Con el estómago lleno, Elena, la Yamaha y el piloto, circulamos paralelos al río Lor durante varios kilómetros hasta Folgoso do Courel. El Río Lor, es el eje vertebrador de la comarca aunque hasta ahora no habíamos circulado tan cerca de él. La carretera, que ahora ya ha mejorado un poco y dispone, como gran lujo, de quitamiedos y línea discontinua central, es como un clon del río, emulando cada recodo y cada curva y haciéndonos disfrutar del tramo. A partir de Folgoso la Tènèrè asciende con gracilidad al Alto do Boi desde donde se aprecia la zona sur da la Comarca do Courel.
A partir de aquí, una infecta carretera nos lleva, a lo largo de 15 o 20 km. hasta Quiroga, en un aburrido descenso que se me antoja bastante peligroso. No son los baches, que los hay a miles, lo que más incomoda sino unas enormes protuberancias que, como si lo infecto del alquitrán tomara vida, emergen en algunas curvas. Granos asfálticos y superficie de pústulas alquitranadas es lo que la moto va pisando en todo el descenso.
En Quiroga llenamos el depósito de nuevo y compruebo que llevamos rodados 180 km. Aprovecho para revisar la cadena, engrasar y añadir, como no, un poco de aceite a mi querida XTZ, que algún defecto tenía que tener. En la gasolinera y sobre la marcha decidimos que el camino de vuelta lo haremos por Villablino, en el norte de León, atravesando el puerto de Leitariegos. Para ello tomamos la N-120, que se me antoja la carretera más lujosa del mundo después de haber circulado por las peores infraestructuras viarias de toda Galicia. Recuerdo la sonrisa que puse cuando vi, en plena Serra do Courel un cartel de la Administración galega, Consejería de nosequé,: “Plan Galicia. Infraestructuras”. Pues no serían infraestructuras viarias, no.
Pasamos por O Barco, capital de la comarca de Valdeorras, famosa por sus vinos y por su producción de pizarra y recordé la concentración de motos a la que acudí en el 94 o 95. Si en esos años ya andaba en moto por el mundo, -pensé-, es que, indefectiblemente, me voy haciendo viejo. Recuerdo las cigalas de la comida, las tetas de la jovenzuela que se sentó enfrente y, como no, la resaca dominguera. Tiempos aquellos! Si, tiempos aquellos que pasaron en un abrir y cerrar de ojos sin que diera tiempo a saborearlos.
En el límite de Galicia y León se encuentra el Parque Natural da Serra da Enciña da Lastra, nombre corto comparado su impresionante orografía. Allí hacemos la parada de rigor, en el mirador de Covas, justo antes de adentrarnos en el primero de los túneles. Éste sale a un puente sobre el Val do Inferno, nombre más que apropiado para este valle, cortado a cuchillo sobre el río Sil. El puente está entre dos túneles y la sensación de salir de un túnel y hallarte sobre el vacío, entre pareces tan verticales es muy extraña. La primera vez que pasé por aquí no me hizo mucha gracia, la verdad. Creo que me acojoné un poco.
Ya en Ponferrada cogemos la autovía durante 15 o 20 km, - no hay más * y circulamos en paralelo al Sil durante todo el trayecto. Al terminarse la autovía la CL-613 se ofrece como una carretera amplia y curvas nobles pero enseguida me doy cuenta de que el poderío minero gasta coches de gran potencia y conductores con arrojo. Precaución amigo conductor, canturreo en silencio.
Este valle ha sido tomado en gran medida por la minería y gran parte del recorrido es negro. En las isletas se acumula carbón, al igual que en las cunetas. Me imagino la zona en un día de invierno, plomizo y lluvioso, con la lobreguez del cielo reflejada en la negrura del suelo. Me digo a mi mismo que no es un buen lugar para vivir. Tampoco lo es Villablino, ni Caboalles, excretando antracita y hulla, y exudando tinieblas a cada lado de la carretera. Esta oscuridad general tiene su contrapunto increíble en las laderas que rodean la capital del Valle de Laciana, llenas de verdor y refugio de fauna emblemática como el oso. Quizá no sea tan malo para vivir.
Ascendemos a Puerto de Leitariegos, pasamos ante la estación de esquí, aletargada hasta la llegada de otro invierno, y comenzamos los 33 km de descenso hasta Cangas del Narcea.
A nuestra derecha la niebla oculta el imponente Pico de Arbás y deja entrever, en su majestuosidad, el Pico del Fraile. Saludo a un “custonero” que esta parado ante un bar y unos kilómetros más abajo me da la pasada acompañado de otra custom. Pienso en como cambio el modo de conducción cuando viajo con mi mujer que hasta los custom me dan la pasada. También es cierto que si quiero que sigamos saliendo juntos en moto he de domar mis ansias de adrenalina. Ella, después de pasar la luna de miel en el hospital a causa de nuestro accidente de moto, creo que ya tiene mérito suficiente con hacer tantos kilómetros conmigo. Además, ya llevamos 400 en el día de hoy y aún no estamos cerca de casa.
Dicen el la publicidad de Cangas del Narcea que tiene “esos otros lugares íntimos y con cierto misterio, donde las siluetas antropomorfas de los castaños y robles lejos de parecerles amenazantes a los viajeros, les acompañan en su camino; donde el tiempo adquiere otra dimensión y se tiende; donde poder sumergirse en lo profundo de la naturaleza y del hombre.”Creo que, la publicidad concejil, tan dada a la hipérbole y al tópico simplón, en esta ocasión ha dado en el clavo. Atravesamos la villa a bordo de nuestra negra montura y algunas miradas se vuelven, curiosas, inquiriendo con la mirada el origen de tan oscuro biciclo. Yo evoco los días de fiesta en esta villa. Los días de excesos y cipirinha y, por encima de todo el estruendo ensordecedor de La Descarga, la monumental suelta de cientos de miles de “voladores” en honor a la Virgen del Carmen que cada 16 de julio, a las 8 de la tarde, detiene el tiempo durante 8 minutos en Cangas.
Se me eriza el vello recordando ese día en el que una lágrima me recorre la mejilla, embargado por el ruido, la pólvora, la emoción... Cangas es mi segundo hogar.
Ya solo quedan 65 km. para llegar a casa. Un puerto más, el Palo, llamado así por los romanos debido a las lagunas construidas para la extracción de oro, un embalse, el de Salime y una merecida ducha.
Han sido 450 km. aproximadamente en los que la variedad de paisajes dominó la ruta. Me quedo, si es que he de quedarme con algo y no con el todo, con las impresiones de a Serra do Courel y, aunque hoy apenas lo noto, también me he quedado con un dolor de posaderas nada desdeñable.

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3 Mayo 2007

Metamorphose

Hoy, mientras holgazaneaba alrededor de la moto, recordé como era antes mi Yamaha Tènèrè. Tan impoluta ella, de color azul con toques malva e inmaculada. Hoy, después de 15 años, (unos 10 conmigo), su aspecto ha cambiado bastante. Yo creo que es más auténtica y, de algún modo, reflejo de su actual propietario.
Poco tardó en perder su aspecto juvenil y afeminado, (lo digo por el malva), para pasar al negro de fábrica. En un concesionario tenían, desde hacía meses, una Tenere a la venta que no acababa de salir a causa de su color. El dueño, ávido de negocio, me ofreció cambiar "los plásticos" y el depósito sin coste alguno para mi en cuanto apunté la posibilidad de pintar la moto de negro.
No me lo pensé dos veces y, en menos de una hora, mi moto tenía ya un aspecto más acorde con mi estilo: macarrismo y destrucción!
Después de unos años ya no me parecía tan atractiva y estuve a punto de cambiarla por una Guzzi de 650 con intención de hacer una auténtica ratbike. Afortunadamente la cordura se aporeró de mi y decidí "ratear" la Yamaha. Al fin y al cabo era una buena moto y lo mío era un capricho pasajero.
Me metí en el taller de unos amigos y les comuniqué la idea. Se extrañaron y me dijeron que iba a "joder" la moto, pero ante mi insistencia comenzamos la operación:

Tras la operación de lijado con agua, (cosa harto tediosa), vino la pintura:

Y el asombroso resultado final:

Lo siguiente fué quitarle algunas cosillas y poner otras, pero, aún así, el color no era lo que yo buscaba. Aquello, aunque estuviera de estrena era negro satinado y no negro mate-mate, que era lo que yo perseguía.

Así las cosas me compré un spary negro mate en una gasolinera cutre y otro más anticalórico en una ferretería por el estilo y comencé el repintado.


Aquí la máquina sin guardabarros trasero y con soportes de maletas

Al final, a base de sol y de spray mate, fué perdiendo el brillo y, curiosamente, llamaba más la atención.

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27 Abril 2007

Desde A Mariña hasta Os Ancares

Hace casi un año que no escribo nada en el blog y eso es mucho tiempo. La verdad es que después del viaje por el Reino Unido el resto de aventurillas parecen una nimiedad. A veces me quedo mirando el mapa durante mucho rato, demasiado para alguien mentalmente equilibrado, y voy recorriendo, en mi imaginación, cientos de kilómetros en moto. El último de estos viajes fue por el oeste de Francia, circulando paralelo a la costa.
Mientras llega y no llega el momento de hablar francés, con ese gracejo natural que me caracteriza, me dedico a salidas cortas por la zona. Lo más largo que he hecho este año ha sido bajar a Pingüinos. Si, si, a Pingüinos otra vez. Después de la aventurita del año pasado me quedé con ganas de repetir, ya ves. Y más de lo mismo pero con matices, que en esta ocasión tuvimos sesión de hoguera y buen rollito para rato. El viaje esta vez fue bastante calentito, sobre todo con los calientapuños y los cubremanetas de la vieja Vespa.
Aparte de esto, poca cosa. Salidas demasiado espaciadas para mi gusto pero al menos viajando en buena compañía.
El lunes pasado salimos a recorrer la Mariña lucense que está a unos 60 o 70 km de casa. Un recorrido plagado de encanto si no fuera por la niebla que se empeñaba en acompañarnos todo el rato. La carretera dispone de buen firme en la mayoría del trazado y el tráfico en esta época del año es escaso, lo cual hace que la ruta sea muy tranquila y placentera. A nuestra derecha el Mar Cantábrico y a nuestra izquierda las estribaciones da Serra do Xistral.
Al llegar a Viveiro decidimos adentrarnos en el interior porque la niebla y el frio ya resultaban molestos, así que giramos hacia el sur en dirección Vilalba por una infecta carretera en obras que me encandiló. Se alternaban tramos con mal asfalto con otros de tierra y, a pesar de las obras, la zona destilaba su encanto por doquier. Me elegré de haber conocido el valle y O Porto da Gañidoira antes de que inauguren la nueva carretera que sorteará las humbrías y los recodos que ahora existen.
A partir del puerto la carretera ya es nueva: una amplia vía que discurre por a Terra Chá, la enorme planicie lucense que se extiende hasta donde llega la vista.
Después de comer en Villalba, por cierto los lunes descansan muchos restaurantes, continuamos por la Nacional IV hasta Becerreá, muy cerca del puerto de Pedrafita do Cebreiro, límite entre Lugo y León.
Casi sin darnos cuenta habíamos pasado del norte al sur de Lugo como por arte de magia. La Teneré devora km., aunque parece ser que mi culo es cada día más delicado, máxime viajando dos personas en la moto.
En Becerreá tomamos la LU-722 una carretera de tercer orden que nos llevará hasta Navia de Suarna. Discurre por la cuenca alta del rio Navia, una afamada zona truchera donde apetece parar detrás de cada curva. Los rincones con encanto se suceden por doquier y resulta sorprendente la nula actividad viaria: la carretera está construída solo para nosotros lo cual es una suerte porque difícilmente nos cruzamos dos motos con maletas!. Eso sí, es aconsejable disponer de una moto trail para negociar estas curvas con asfalto irregular, por definirlas de una manera amable.
Navia de Suarna es un pequeño pueblo ribereño que vive mirando al río, lo cual no es extraño porque el Navia tiene una belleza sublime en todo su recorrido hasta desembocar en Navia. No, no me he equivocado. El río Navia Pasa por Navia de Suarna, (Lugo) y desemboca en Navia, (Asturias).
Admiramos el puente medieval y los edificios aledaños pero no paramos. Esta es una zona que ya conocemos y se nos está haciendo un poco tarde. De hecho ya hicimos una buena ruta por esta comarca el año pasado, sin mapa, sin GPS y con los inherentes problemas de orientación. Habrá que volver otro día porque aún tenemos pendiente la salida hacia León, al fin y al cabo esto son Los Ancares. Pelliceira, Suárbol, Balouta, son el corazón de los Ancares y están a poco más de veinte minutos.
Dejamos Navia atrás con la promesa del volver en unos días y seguimos en dirección a A Fonsagrada por una carretera más estrecha que la anterior. Tras un ascenso de locura con varias decenas de curvas endemoniadas volvemos a descender al valle de Lamas de Moreira, otro enclave singular con el encanto de la Galicia más olvidada y más profunda. No esperéis encontraros por aquí turisteo dominguero porque la carretera es una aventura. Estos lugares no salen en las guías de turismo rural pero figuran en los mapas que trazan los sentimientos. La comarca no se diferencia gran cosa de Ibias, Negueira, Grandas, Pesoz, Fonsagrada... tiene una orografía difícil y gentes recias pero pero pertenezco a ella, formo parte de esta tierra, a caballo entre Asturias y Galicia, apegado al terruño rural e inóspito como un toxo de ladera.
Desembocamos en la flamante LU-530 hogar de RR´s y otras bestezuelas que cada fin de semana la recorren desde Lugo a Fonsagrada para disfrutar de curvas increibles y solitarias. La recompensa, además de la adrenalina, está en forma de Pulpo a Feira y otras exquisitas viandas en cualquiera de las decenas de establecimientos hosteleros de Fonsagrada.
Oros 28 km y estamos en casa. Mi culo necesita un cojín mullido depués de 450 km.

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16 Marzo 2006

La Bobina Boba

Dice un amigo mió que soy un fantasmón, por que me empeño en novelar, con mayor o menor éxito, todas las anécdotas que se suceden en el acontecer de mi vida. Esta que ahora os relato no es sino una peripecia vulgar, pero al estar perlada de curiosos incidentes os la contaré de igual modo, como si fuera algo digno de mención.
Todo empezó un lunes de marzo, una mañana soleada que se abría perezosamente entre la niebla, después de varias semanas de frío y lluvia que, si bien no me impedían sacar la moto, tampoco me permitían disfrutar de grandes lances. Ese lunes mi mujer y yo nos subimos a la moto con intención de gozar de un día de ruta tranquila por el occidente de Asturias. También teníamos que hacer una parada en casa del notario, para comprar una casa, que no es cuestión baladí.
La mañana transcurrió sin sobresaltos y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos rodando por las carreteras locales de la rasa costera occidental, en dirección al pueblo marinero de Puerto de Vega, después de haber comprado una vieja mansión de indianos construida a finales del siglo XIX. Este hecho hacía que el placer de viajar en moto se viera magnificado pues íbamos henchidos de felicidad por la nueva adquisición que acabábamos de hacer.
La rasa costera es una franja de terrenos de suaves pendientes donde se alternan acantilados, playas y estuarios y dedicada, principalmente, a la agricultura. Estas plataformas de 1 a 3 Km. de anchura son terrenos arrasados por el mar en lejanos periodos geológicos que emergieron al elevarse los continentes. Muy cerca en dirección sur, la rasa da paso a montañosas sierras, que cambian la orografía y el clima de la Asturias transmontana, creando un tiempo más seco en el interior debido al efecto Foëhn. Por toda la rasa se extiende una red de carreteras secundarias y caminos que invita a perderse, a explorar hasta el último rincón descubriendo calas recónditas y solitarias playas de arena fina, junto con impresionantes acantilados de truncan precipitadamente el manto de tojos que ocupa el veril de los cantiles. Por aquí es tráfico es nulo y la señalización escasa, pero las referencias visuales del mar y de las montañas del interior hace que nunca perdamos el norte.
Cuando salimos del estuario del Navia nos dirigimos, como digo, a Puerto de Vega, un hermoso pueblo marinero que goza entre sus títulos con el Premio Príncipe de Asturias al Pueblo Ejemplar. Y como ejemplar era nuestra hambre decidimos saciarla en un restaurante del puerto, un sitio tranquilo con claro ambiente marinero.
Después de nuestro paseo por la rasa y convenientemente alimentados, decidimos adentrarnos el la “terra incógnita” del interior de modo que dirigimos la rueda delantera de la Yamaha hacia el pueblo de Villayón, disfrutando de curvas y de rincones impresionantes en los alrededores del embalse de Arbón, especialmente en las cercanías del Camping “La Cascada”, donde las recoletas ensenadas del embalse nos sorprenden después de cada curva. La carretera, con muy buen firme, transcurre prácticamente en llano durante los primeros kilómetros para comenzar un brusco ascenso que nos lleva al pueblo de Villayón a través de amplias curvas con buena visibilidad. A partir de aquí la carretera se estrecha ostensiblemente y el escaso tráfico se convierte en nulo. Mientras seguimos descendiendo hacia el río Polea seguimos enlazando curvas de forma continuada, en un lento fluir entre los castaños y abedules que bordean la AS-35.
Llegamos a la confluencia de los ríos Polea y Cabornel, donde la parada es obligada para sacar unas fotos. Cuando volvemos a subirnos a la moto, después de pertrecharnos como es receptivo, ésta, testarudamente, se niega a arrancar a pesar de mis esfuerzos.
Con una cierta inquietud reviso el cable de la bujía y compruebo los fusibles. Todo correcto. Antes de que me inunde el desasosiego reflexiono sobre lo mucho que estoy aprendiendo de mecánica últimamente.
Mientras Elena, mi mujer, se pasea en busca de cobertura para el móvil comienzo a desarmar la moto, con el fin de extraer la bujía y revisar el cableado, pues está claro que tiene un problema eléctrico.
Al volver comprueba, asombrada, que ya he quitado el asiento y el depósito y me dispongo a comprobar si hay chispa. Creo que fue en ese momento cuando supo que habría que buscar un medio para salir de allí y llamar a la grúa. No era mala idea lo de la grúa, pero mi orgullo de macho y mi masculina tozudez se impusieron durante un buen rato a la claridad de ideas femenina, con lo cual seguí trasteando y manchándome de aceite y de gasolina, mientras resoplaba y juraba en arameo.
Cuando, por fin, era obvio que no iba a dar con la avería, decidimos volver a poner todo en su sitio y esperar el paso de alguien que nos llevara hasta un teléfono o, en su defecto, a una zona semicivilizada con algo de cobertura para avisar a la grúa. Afortunadamente unos carpinteros de conducción brusca, tuvieron a bien cargarnos entre las herramientas de la parte trasera de su C-15, donde, entre cepillos, taladros y virutas, llegamos de nuevo a Villayón, medio mareados por las curvas y por la peste a gasolina que emanábamos.
Allí me di cuenta de que la documentación de la moto, el seguro y, por supuesto, los datos de mi asistencia en carretera, estaban en casa, perdidos en algún rincón del garaje debido a mi pereza y a mi falta de memoria. La cosa se complicaba. En el pueblo solo hay un mecánico, un hombre a punto de jubilarse que solo entiende de tractores y, si el problema es eléctrico, lo deja en manos de su hijo, - que ese día no estaba -.
Después de varias llamadas infructuosas a un taller de motos de Navia y a otro mecánico de tractores, parecía que nadie estaba dispuesto a ir a recogerme la moto al recóndito lugar en el que se hallaba. Al fin, después de mucho insistir, encontré a un mecánico de motosierras y ciclomotores que vendría a buscarla con un remolque. El asunto se iba encauzando.
Y mientras el asunto se encauzaba, el tiempo iba pasando y la noche caía irremediablemente. Elena y yo, nos mirábamos en la plaza del pueblo. Comimos pipas, conté chistes, saqué fotos a un señor mayor que orinaba contra el cajero de la Caja de Ahorros …incluso, dos borrachos me confundieron, uno con un conductor de ambulancia y el otro con un empleado de Telefónica. Vivir para ver.
Transcurridas dos horas y media apareció el mecánico que, por todo saludo nos dijo que si no teníamos nada mejor que hacer que andar de ruta por el culo del mundo. Mientras descendíamos de nuevo hacia el puente, de noche y con una velocidad infinitamente menos pausada que la primera vez, cuando lo habíamos hecho en moto, los comentarios del mecánico eran cada vez más desagradables. Nos relató, con parcas pero directas palabras, que había tenido que robar el remolque porque el suyo lo tenía en Vilagarcía, que la carretera era una mierda, que él había tenido moto y que… ¡hay que tener ganas!
Con ese panorama yo intentaba mostrar mi cara más amable no fuera a ser que se mosquease más y nos dejara allí tirados.
Por fin la moto estaba encima del remolque y emprendíamos la marcha hacia su taller a través de infectas pistas de montaña y carreteras de segundo orden. El motivo de no ir por rutas más civilizadas, tal y como deduje más tarde era que, al ser el remolque “robado”, la matrícula no coincidía. Además una de las luces estaba fundida. Llegamos a su taller, calculo que a las diez de la noche, después de otro vertiginoso y largo paseo por la montaña occidental asturiana. Habíamos tardado en recorrer los 40 kilómetros que nos separaban de Villayón unas 4 horas pero, por fin, comenzaba la reparación. Rápidamente dedujimos que la avería estaba en la bobina y, casi de inmediato, colegimos que en su pequeño taller no había repuesto de Yamaha. Solución? acoplar una bobina de coche en donde fuera posible. Para las once y media de la noche estaba con la moto arrancada, casi sin batería, pero arrancada, a la puerta del taller dispuesto a probarla. Ni siquiera me puse el casco, salí a hacerle un par de kilómetros para recargar un poco la batería y comprobar que la bobina no fallaba. Nada más incorporarme a la carretera general, aún en primera marcha, apareció, como salido de la nada, un coche de la Guardia Civil que, como pude ver por el espejo, hizo un amago de detenerse. Me faltó tiempo para acelerar a fondo y perderme carretera arriba antes que les diese tiempo a dar la vuelta y afearme el hecho de conducir sin casco y no portar ningún documento. Esto sin mencionar el hecho de que mi carné de conducir esté semifalsificado a causa del extravío de la foto en la lavadora. Debieron pensar que no merecía mucho la pena desviarse de sus asuntos para atender a alguien como yo o quizá vieron que salía del taller y supusieron que estaba en pruebas, el caso es que siguieron su camino como si tal cosa.
La moto fallaba algo en bajas revoluciones, pero por lo menos funcionaba y con un sonido que me parecía celestial, después de toda la tarde de peregrinación, con lo cual nos dirigimos a casa sin más dilación. Aún no habíamos recorrido ni 20 kilómetros y, en mitad de un solitario pueblo, una figura con chaleco reflectante mueve una linterna hacia arriba y hacia abajo, en el típico gesto de “por favor deténgase”.
- ¡Mierda!- , pensé, - ¿Es que no vamos a poder llegar a casa nunca?.
Después de las visicitudes acaecidas todo me daba igual. Le diría al agente que no llevaba la documentación, que me denunciase lo antes posible y que me dejara continuar a mi dulce hogar de una vez por todas. Pero, oh! sorpresa, cuando me acerco descubro que es el propietario del bar del pueblo, al que conozco, que me para y pregunta que si llevo las llaves del taller en el que había estado.
Inmediatamente recuerdo que el mecánico me las había dejado para coger de su coche los cascos y demás adminículos concernientes a la motocicleta y que, para mi sorpresa, continuaban en mi bolso, en un enorme mazo de llaves de todos los tamaños. Por fortuna no tuve que dar la vuelta para realizar la entrega. Ellos dos ya habían convenido que se las dejase en el bar y que alguien pasaría a recogerlas. Esa noche el taller quedó abierto.
Hacía rato que la Guardia Civil había pasado y sabíamos que nos precedían, pero, a pesar de ir despacio les dimos alcance. Como yo estaba con la paranoia de que me habían visto sin el casco, de que iba sin documentación y de que todo nos iba a pasar ese día, creí que, de un momento a otro me harían señas para detenerme en el arcén. En lugar de eso nos dieron paso y llegamos a casa sin ningún contratiempo más a las doce de la noche.

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25 Febrero 2006

Rodando por el Mondoñedo Bretón

La cosa comienza en el occidente de Asturias, muy cerca de la comarca de los Oscos y discurre por oriente de Lugo, para terminar en el mismo punto de partida.
Salimos a las 14 horas desde Grandas de Salime, ya en el límite con Galicia. En este pueblo está unos de los museos etnográficos más importante de Europa y, por supuesto, de España, (www.museodegrandas.com). Con el día fresco, unos 10 o 12º, nos dirigimos a Fonsagrada siguiendo la carretera AS-28, que discurre paralela al Camino de Santiago Primitivo, la ruta primigenia realizada por Alfonso II El Casto, el primer peregrino. Los primeros 15 km de la ruta discurren con buen asfalto por tierras asturianas, para ir empeorando progresivamente nada más entrar en Galicia.
Superamos el Puerto del Acebo, de 1034 m. embelesados por el paisaje que se extiende a nuestros pies, admirando los tonos ocres de robles y abedules y siempre atentos a las curvas más umbrías, donde huele a humedad y a bosque otoñal.
Transcurridos 28 km llegamos a A Fonsagrada que es parada obligada para probar el "pulpo a feira", preferiblemente en el Bar O Caldeira, donde no sólo es la especialidad sino que no hay otra cosa.
A partir de Fonsagrada y hasta O Cádavo-Baleira, donde nos desviamos, la carretera es amplia revirada y con muy buen asfalto, lo que hará las delicias de los más rápidos en lo negro. Ya hemos dejado atrás el Alto da Fontaneira y Cerredo, dos puertos de escasa entidad, pero con una carretera muy divertida y sin apenas tráfico, te da la sensación de que aquí no vive nadie... el mundo es tuyo explorador!.

Una vez que tomamos en desvío en O Cádavo parece que cambiamos de país, de mundo. Entramos de lleno, al menos durante los primeros 15 km, en lo que un grupo de arquitectos gallegos definió como "el feismo". Pero no es el feismo del paisaje o del paisanaje, es el feismo de las construcciones a medio terminar, de la uralita, del bloque... de lo inacabado. El paisaje, sin embargo, es muy bucólico. Se trata de un valle muy abierto en el que se hace patente el progresivo abandono del medio rural, en el que las tierras de labor van dejándose conquistar por pinos y eucaliptos, más rentables desde que la vaca lechera gallega dejó de interesar en Europa.

Según vamos avanzando con la Teneré por esta carretera bacheada y retorcida nos vamos acercando a Meira y dejando atrás a unos lugareños que no perdían detalle al paso de nuestra negra montura, por lo inusual, (no del color, sino de motos por la zona). Meira, situado a 35 km al noreste de Lugo, tiene una Iglesia del S. XIII, que no vimos porque hoy no tocaba iglesia, tocaba carretera, ruta. Al igual que tampoco vimos el nacimiento del rio Miño por el mismo motivo. (pero estuvimos a 200 metros )
Proseguimos nuestra particular singladura, con el tiempo un poco más frio y más húmedo, con dirección a Mondoñedo, tierra de obispos y capital de los bretones de Galicia, celtas de la provincia romana de Britonnia que, durante los siglos IV a VI arribaron por miles a las costas gallegas. Es precisamente antes de llegar a Santa Maria de Bretoña cuando dejamos la carretera principal, la LU-122, para introducirnos en una infecta carretera de tercer orden por la que atravesaríamos el Cordal de Neda o A Corda, una sierra con tradición caballísta con altitudes no superiores a los 800 metros, pero con una carretera retorcida que discurre entre carballos, toxos y uces, con a Terra Chá al sur y las tierras verdes de Lourenzá al norte.

La rueda trasera está en las últimas y en las zonas más bacheadas y húmedas me hacía pasar algún que otro susto. En cualquier caso la velocidad era, igualmente, moderada.
A 10 km de Mondoñedo ya vislumbramos la población, allá abajo, con su catedral y con su monasterio. Parecía cerca, pero para llegar es necesario bajar la montaña en zig-zag intentando disfrutar de las paellas, más bien sartenitas, sin que la rueda trasera nos adelante.

Ya en Mondoñedo, la primera visita es a la catedral, fundada por el obispo don Martín en el 1248.

Os acordáis de O Rei das Tartas, aquel cocinero de bigote inmenso que salía en el concurso Un, Dos, Tres? Pues era de Mondoñedo, aunque ahora sus herederos regentan una cadena de franquicias con su nombre. Les tomamos un café.
Paseo por la villa y admiramos sus callejas medievales organizadas alrededor de la catedral.
De Mondoñedo a Ribadeo por la nacional puesto que se nos hace tarde y a estas alturas del año, (21 de noviembre), por estas tierras del norte además de frio hay una humedad que se te mete hasta los huesos, atravesando gore-tex y thinsulate.
El trayecto es aburrido y sin nada que reseñar. Si fuera verano nos hubiésemos acercado a la zona de playas, muy cerca de Ribadeo, especialmente a la Playa das Catedrais, impresionante con marea baja por las caprichosas formas que lel mar ha esculpido en las rocas. Bandera azul.
De Ribadeo a Vegadeo bordeando la Ria del Eo, pero disfrutando poco del paisaje porque está oscureciendo y la visibilidad es escasa. Lo mismo nos ocurre en la comarca de los Oscos y Taramundi; ya es de noche y no se ve un carajo, Llegamos al punto de partida con frio y con 230 km a la espalda, la mayoría por carreteras infectas, llenas de curvas y con mal piso... a mi es lo que me gusta. Una tarde muy agradable.

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22 Febrero 2006

En Mobylette desde Montpellier

Esta tarde me he quedado sorprendido. Hace ya tres días que tenemos un temporal de nieve en el norte, bastante importante, pero que no ha impedido a una pareja de franceses viajar en moto hasta España. Esta mañana, cuando los he visto en el pueblo me he quedado boquiabierto, no solo por el hecho de que viajaran en moto con el temporal, sino porque estaba todo nevado y porque, aunque he dicho que viajaban en moto lo hacían a lomos de sendos ciclomotores Mobylette del año de la pera.
No pude resistirme y enseguida entablé conversación con ellos en un, más que precario, francés, (el mío, que ellos lo hablaban correctamente).
Me contaron que habían pasado el día anterior el Puerto del Palo, un puerto de 1250 metros que ese día estuvo cerrado al tráfico a causa de la nieve. Tardaron tres horas en cubrir los escasos 20 km de puerto (!)
Su intención para hoy era llegar a Lugo, atravesando los puertos de O Acebo, Cerredo y A Fontaneira, en total 90 km. Afortunadamente las máquinas quitanieves habían abierto paso y la cosa no estaba tan complicada como ayer.
Como el viaje me parecía digno de meción subí al Puerto del Acebo a verlos pasar entre la nieve y a sacarles unas fotos. Allí charlamos un rato y me contaron que habían salido de Montpellier el 24 de enero, hacía ya 1930 km. A día de hoy ya habían pasado por los Picos de Europa, por el Puerto de San Glorio y su intención es llegar a Santiago, de ahí a Portugal y atravesar todo el pais de norte a sur. Volver a España y visitar Cordoba y Granada para, de ahí tomar un barco, supongo que en Barcelona o Valencia, con dirección a Cerdeña y retornar a Francia el 1º de mayo.
El viaje se las trae por si mismo, tanto por la época del año como por el kilometraje, pero realizarlo en un ciclomotor.. ya es para nota.
Agnès et Jacques, bon voyage mes amis!!

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13 Febrero 2006

Segundo viaje. Rodando perdido

El mapa es innecesario, al menos cuando tu destino es, realmente, lo que menos importa.
Eso debí pensar yo cuando en el año 1993,con 23 años recién cumplidos, en el mes de agosto decidí liarme la manta a la cabeza y salir de ventura solitaria con mi flamante Vulcan 500. La cosa se gestó muy rápido, en una mañana de resaca y de remordimientos, porque, el día anterior, después de una copiosa ingesta alcohólica, había cometido el error de morrearme toda la noche con la chica equivocada. Digo equivocada porque al día siguiente ella aún quería rollo y a mi no me interesaba en absoluto. Como soy de naturaleza débil y poco dado a encarar los problemas con decisión, opté por poner tierra de por medio, que para eso me había comprado una moto, para poder huir de la realidad si la ocasión lo requería.
De este modo, esa misma tarde ya tenía el equipaje sobre la moto y ponía rumbo a las Rías Baixas, un lugar al que le tengo cierta querencia, tanto por el clima como por su gente.
El viaje hasta Sanxenxo no lo recuerdo muy bien, ya han pasado trece años, pero lo que no se me olvida son las curvas que había, por aquel entonces, para llegar a Pontevedra desde Lalín. Yo no estaba muy ducho en condución de moto, el tráfico era intenso y la carretera era, para mi, bastante complicada. Hoy seguramente disfrutaría negociando curvas con la trail, pero, cuando uno está empezando en esto de la moto, todo le parece ignoto y peligroso.
Después de dar varias vueltas por Sanxenxo encontré un camping cerca de la zona urbana. Muy pequeño, diminuto, regentado por una gente muy amable que me permitió meter la moto en la parcela sin cobrarme nada. Nada más montar la tienda se me iluminó la cara al ver que en la parcela de al lado había un grupo de cinco o seis chicas cuya edad rondaría los diecisiete años.
- Esta es la mía- pensé- Un grupito de jovenzuelas deseosas de conocer a un motero "de verdad", curtido en mil batallas y con una moto preciosa que las podría llevar hasta el fin del mundo.
Mientras estaba embelesado planificando la estrategia de ataque y derribo, las chicas, entre risas, comenzaron a hacer un porro.
- La ocasión la pintan calva, allá vamos.
Unas caladas al porro, un poco de cháchara y, cuando me quise dar cuenta, estábamos todos en la playa, con un montón de botellas de ron y ginebra. En la zona oscura estaba yo, dándome el lote con una de las diecisieteañeras y buscando el modo de regresar a la tienda de campaña con aquella belleza de pechos turgentes. La cosa no pudo ser, pudo más su prudencia que mi atractivo motero, con lo cual regresé a la tienda solo y con una desazón muy desagradable.
Ante este panorama, al día siguiente, desmonté el chiringuito para seguir ruta, esta vez hacia el sur.
Me despedía de "mi chica" con un beso que me supo a gloria y con aquella agradable sensación en mis labios, la moto y yo tomamos la carretera nacional hacia de Vigo. No estaba muy seguro de dónde iba a parar, pero Portugal me pareció una buena opción. Para mi sería la primera vez que salía de España y eso era muy excitante, (no tanto como la chica de la noche anterior).
Al entrar en Portugal tomé contacto con la conducción "a la portuguesa", haciendo uso del arcén, condución deportiva en ocasiones y adelantamientos temerarios por doquier. Eso sí, siempre conducción defensiva por mi parte.
Desde Tuy hasta Viana do Castelo fuí bordeando el Atlántico por una carretera bastante solitaria. Una vez en Viana, aún no me había bajado de la moto y un crio de unos 7 años ya me estaba dando la brasa para buscarme aparcamiento y pidiendome "cinco duros" en un correcto castellano.
Me llamó mucho la atención el hecho de que la policía local en Viana usara ciclomotores, una especie de Puch Minicross que les daba un aspecto muy cutre. La policía estatal ya era otra cosa, BMW, como en casa.
Busqué un camping por la zona y encontré uno a pocos km. al sur de la ciudad. El camping era enorme, situado en un pinar y con el suelo de tierra y arena. No estaba mal, pero no era lo que yo buscaba.. Decidí recoger mi carné en recepción y continuar ruta, puesto que aún era mediodía y tenía tiempo. Los encargados del camping se quedaron con cara extrañada cuando les dije que me largaba. A pesar de que ya habían rellenado la ficha no me cobraron nada. - Nâo ficou, nâo paga.
Pues nâo pago, hala, aire.
Sin consultar el mapa, puesto que no tenía, tomé la primera carretera que se dirigía hacia el interior del país, una ruta muy bella en los primeros kilómetros que se tornó insoportable cuando descubrí que toda la carretera estaba en obras. Los tramos de grava se alternaban con los de
tierra, jalonados por enormes zanjas y con tractores atravesados cada pocos metros. Mi primera experiencia trail con una custom.
Circulando fuera ya de la zona de obras a unos 90 o 100 km/h me adelantó uno de aquellos ciclomotores con pinta de minicross. Me quedé alucinando. Cómo era posible que me adelantase un chisme tan cutre, que parecía que se caía a cachos? No era más que una bici con motor y yo llevaba toda una "500". La verdad es que me sentí un poco humillado. Pero claro, la cosa tenía truco. En Portugal los ciclomotores no estaban limitados por ley como en España y podían exprimir al máximo sus mecánicas.
La ruta que tomé, como descubrí más adelante era hacia Lindoso, en la frontera con Ourense. Sin darme cuenta volvía hacia España. En mi indecisión viajera seguí rodando y despues de varias horas me encontraba, casi sin saber como, llegando a Ourense. Calculo que serían las cuatro o cinco de la tarde, el calor era insoportable y a poca distancia se veían unas nubes muy negras que no presagiaban nada bueno. Comenzaron a caer unas gotas que refrescaron el ambiente, lo cual
fue un alivio, para, a los pocos minutos transformarse en granizos gigantescos. Mientras rodaba a baja velocidad oía como el pedrisco golpeaga el depósito con tal furia que parecía que se iba a abollar. El la primera parada de autobús que encontré me detuve porque el hielo que caía me estaba abrasando las piernas. En realidad iba acojonado.
Cuando por fin escampó, volvió el calor, aunque más soportable, lo que me permitió que se me secaran los pantalones vaqueros.. blancos!. Puede parecer una idiotez y estoy seguro de que lo es; estaba viajando con pantalones vaqueros blancos un color muy adecuado por lo sufrido.
Ourense me pareció una ciudad calurosa y aburrida, [con los años descubrí lo equivocado que estaba], aunque en realidad no sé porqué me lo pareció porque no llegué a parar, simplemente la atravesé por una circunvalación plagada de semáforos que discurría paralela al rio. Mientras atravesaba Ourense decidí volver a Asturias, pero por el puerto de Somiedo para, una vez allí, hacer algún plan de viaje.
Tomé la carretera nacional en dirección Madrid ya que yo tenía que ir en hacia el este y esa parecía adecuada. Otro error. La carretera iba en dirección sureste, por supuesto, mucho más al sur que la que debería de haber tomado. Así fue que me encontré, a las siete o las ocho de la tarde otra vez en la frontera con Portugal, esta vez en Verín, después de haber recorrido unos 350 o 400 km.
Monté la tienda en un descampado y me dispuse a conocer Verín. Al poco rato ya había entablado amistad con un harlero muy majo, Cesteiro, presidente, por aquel entonces de la Explosiva Norte, una sección del club Harley. Cesteiro me invitó a dormir en su casa, cosa que agradecí después de un duro día de moto. Gente muy maja en Verín, aunque no recuerde sus nombres.
Al día siguiente, ya con las cosas un poco más claras en cuanto a ruta, tomé la carretera correcta y me dirigí a Somiedo, en Asturias, pero eso es otro cuento y como tal, lo dejaremos para mejor ocasión.

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Esta es una web sin pretensiones de ningún tipo, ni estéticas ni educativas. Simplemente lo que pretendo es contar algunas de mis experiencias en moto, viajes, anécdotas, trucos, consejos... porque lo hago? Pues porque a mi me gusta leer cosas de motos, de mototurismo, de aventuras imposibles, de trail ... y todo lo que encuentro nunca me parece suficiente. Como sé que hay otras personas con las mismas necesidades, deseando devorar todo lo que se escribe sobre estos temas, aquí estoy yo, haciendo mi pequeña aportación. Actualmente tengo una Yamaha Tènèrè 660 del año 1992, que ha pasado por diferentes estadios larvarios antes de convertirse en la preciosa mariposa que es hoy. Es una mariposa un poco desgarbada, ajada por la carretera y por el campo, con las alas deshilachadas pero volando, lo cual no es poco.

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