Se cierra este blog
Pues eso, echo la llave, cierro el blog.
De ahora en adelante subiré todas la saventurillas y demás a
www.viajoenmoto.com
Que, dicho sea de paso, es mi nueva página web
14 Junio 2007
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7 Junio 2007

3 Mayo 2007
Hoy, mientras holgazaneaba alrededor de la moto, recordé como era antes mi Yamaha Tènèrè. Tan impoluta ella, de color azul con toques malva e inmaculada. Hoy, después de 15 años, (unos 10 conmigo), su aspecto ha cambiado bastante. Yo creo que es más auténtica y, de algún modo, reflejo de su actual propietario.
Poco tardó en perder su aspecto juvenil y afeminado, (lo digo por el malva), para pasar al negro de fábrica. En un concesionario tenían, desde hacía meses, una Tenere a la venta que no acababa de salir a causa de su color. El dueño, ávido de negocio, me ofreció cambiar "los plásticos" y el depósito sin coste alguno para mi en cuanto apunté la posibilidad de pintar la moto de negro.
No me lo pensé dos veces y, en menos de una hora, mi moto tenía ya un aspecto más acorde con mi estilo: macarrismo y destrucción!
Después de unos años ya no me parecía tan atractiva y estuve a punto de cambiarla por una Guzzi de 650 con intención de hacer una auténtica ratbike. Afortunadamente la cordura se aporeró de mi y decidí "ratear" la Yamaha. Al fin y al cabo era una buena moto y lo mío era un capricho pasajero.
Me metí en el taller de unos amigos y les comuniqué la idea. Se extrañaron y me dijeron que iba a "joder" la moto, pero ante mi insistencia comenzamos la operación:


Tras la operación de lijado con agua, (cosa harto tediosa), vino la pintura:


Y el asombroso resultado final:

Lo siguiente fué quitarle algunas cosillas y poner otras, pero, aún así, el color no era lo que yo buscaba. Aquello, aunque estuviera de estrena era negro satinado y no negro mate-mate, que era lo que yo perseguía.
Así las cosas me compré un spary negro mate en una gasolinera cutre y otro más anticalórico en una ferretería por el estilo y comencé el repintado.

Aquí la máquina sin guardabarros trasero y con soportes de maletas

Al final, a base de sol y de spray mate, fué perdiendo el brillo y, curiosamente, llamaba más la atención.

27 Abril 2007
Hace casi un año que no escribo nada en el blog y eso es mucho tiempo. La verdad es que después del viaje por el Reino Unido el resto de aventurillas parecen una nimiedad. A veces me quedo mirando el mapa durante mucho rato, demasiado para alguien mentalmente equilibrado, y voy recorriendo, en mi imaginación, cientos de kilómetros en moto. El último de estos viajes fue por el oeste de Francia, circulando paralelo a la costa.
Mientras llega y no llega el momento de hablar francés, con ese gracejo natural que me caracteriza, me dedico a salidas cortas por la zona. Lo más largo que he hecho este año ha sido bajar a Pingüinos. Si, si, a Pingüinos otra vez. Después de la aventurita del año pasado me quedé con ganas de repetir, ya ves. Y más de lo mismo pero con matices, que en esta ocasión tuvimos sesión de hoguera y buen rollito para rato. El viaje esta vez fue bastante calentito, sobre todo con los calientapuños y los cubremanetas de la vieja Vespa.
Aparte de esto, poca cosa. Salidas demasiado espaciadas para mi gusto pero al menos viajando en buena compañía.
El lunes pasado salimos a recorrer la Mariña lucense que está a unos 60 o 70 km de casa. Un recorrido plagado de encanto si no fuera por la niebla que se empeñaba en acompañarnos todo el rato. La carretera dispone de buen firme en la mayoría del trazado y el tráfico en esta época del año es escaso, lo cual hace que la ruta sea muy tranquila y placentera. A nuestra derecha el Mar Cantábrico y a nuestra izquierda las estribaciones da Serra do Xistral.
Al llegar a Viveiro decidimos adentrarnos en el interior porque la niebla y el frio ya resultaban molestos, así que giramos hacia el sur en dirección Vilalba por una infecta carretera en obras que me encandiló. Se alternaban tramos con mal asfalto con otros de tierra y, a pesar de las obras, la zona destilaba su encanto por doquier. Me elegré de haber conocido el valle y O Porto da Gañidoira antes de que inauguren la nueva carretera que sorteará las humbrías y los recodos que ahora existen.
A partir del puerto la carretera ya es nueva: una amplia vía que discurre por a Terra Chá, la enorme planicie lucense que se extiende hasta donde llega la vista.
Después de comer en Villalba, por cierto los lunes descansan muchos restaurantes, continuamos por la Nacional IV hasta Becerreá, muy cerca del puerto de Pedrafita do Cebreiro, límite entre Lugo y León.
Casi sin darnos cuenta habíamos pasado del norte al sur de Lugo como por arte de magia. La Teneré devora km., aunque parece ser que mi culo es cada día más delicado, máxime viajando dos personas en la moto.
En Becerreá tomamos la LU-722 una carretera de tercer orden que nos llevará hasta Navia de Suarna. Discurre por la cuenca alta del rio Navia, una afamada zona truchera donde apetece parar detrás de cada curva. Los rincones con encanto se suceden por doquier y resulta sorprendente la nula actividad viaria: la carretera está construída solo para nosotros lo cual es una suerte porque difícilmente nos cruzamos dos motos con maletas!. Eso sí, es aconsejable disponer de una moto trail para negociar estas curvas con asfalto irregular, por definirlas de una manera amable.
Navia de Suarna es un pequeño pueblo ribereño que vive mirando al río, lo cual no es extraño porque el Navia tiene una belleza sublime en todo su recorrido hasta desembocar en Navia. No, no me he equivocado. El río Navia Pasa por Navia de Suarna, (Lugo) y desemboca en Navia, (Asturias).
Admiramos el puente medieval y los edificios aledaños pero no paramos. Esta es una zona que ya conocemos y se nos está haciendo un poco tarde. De hecho ya hicimos una buena ruta por esta comarca el año pasado, sin mapa, sin GPS y con los inherentes problemas de orientación. Habrá que volver otro día porque aún tenemos pendiente la salida hacia León, al fin y al cabo esto son Los Ancares. Pelliceira, Suárbol, Balouta, son el corazón de los Ancares y están a poco más de veinte minutos.
Dejamos Navia atrás con la promesa del volver en unos días y seguimos en dirección a A Fonsagrada por una carretera más estrecha que la anterior. Tras un ascenso de locura con varias decenas de curvas endemoniadas volvemos a descender al valle de Lamas de Moreira, otro enclave singular con el encanto de la Galicia más olvidada y más profunda.
No esperéis encontraros por aquí turisteo dominguero porque la carretera es una aventura. Estos lugares no salen en las guías de turismo rural pero figuran en los mapas que trazan los sentimientos. La comarca no se diferencia gran cosa de Ibias, Negueira, Grandas, Pesoz, Fonsagrada... tiene una orografía difícil y gentes recias pero pero pertenezco a ella, formo parte de esta tierra, a caballo entre Asturias y Galicia, apegado al terruño rural e inóspito como un toxo de ladera.
Desembocamos en la flamante LU-530 hogar de RR´s y otras bestezuelas que cada fin de semana la recorren desde Lugo a Fonsagrada para disfrutar de curvas increibles y solitarias. La recompensa, además de la adrenalina, está en forma de Pulpo a Feira y otras exquisitas viandas en cualquiera de las decenas de establecimientos hosteleros de Fonsagrada.
Oros 28 km y estamos en casa. Mi culo necesita un cojín mullido depués de 450 km.
15 Agosto 2006
Martes 20 de junio de 2006
A causa de la latitud en este país amanece, prácticamente, a la hora de acostarse. Así las cosas, a las cuatro de la mañana ya estoy despierto mientras observo, somnoliento, el techo de la tienda de campaña, perlado de gotas de agua. No se podía esperar otra cosa de una tienda de campaña del Carrefour: condensación. Cierto es que por mil duros poco más se podía pedir. Aún tengo sueño y, por supuesto, decencia, con lo cual vuelvo a dormirme pero a las seis ya estoy con los ojos como platos y pensando en el dueño de la finca en la que estoy acampado. Consigo mantener la horizontalidad hasta las siete y media en que me levanto y recojo todo rápidamente para no dejar pruebas de mi paso por la zona. Aún así, no puedo evitar dejar algunos restos orgánicos y un poco de papel higiénico entre los matorrales.
Vuelvo a la autopista y el mundo vuelve a ser como ayer, después de haber pasado la noche en territorio “salvaje”. El dormir en el prado con la tienda de campaña me causó una sensación de irrealidad, como si algo no encajara del todo, como si careciera de lógica. Todos estos pensamientos quedan disipados de inmediato al incorporarme a la vorágine del tráfico matinal en la M-4 hacia Cardiff.
desayuno en una de las múltiples áreas de servicio donde, para no variar, me vuelven a dar el palo. Por una salchicha, una tostada, dos trozos de bacon y un agua pago, al cambio, siete euros, lo cual me parece bastante caro. Todo aquí es caro para mi maltrecha economía.
Con el bolsillo convenientemente aliviado y cara de tonto vuelvo a la autopista un rato. Dejo atrás el estuario de Severn y ya tomo dirección sur por la M-5 hasta llegar a la altura de Tauton donde abandono la autopista para adentrarme en las carreteras secundarias. Hasta mañana a las once no sale el ferry para Santander, con lo cual tengo todo el día para vagabundear en la ruta, habida cuenta de que, por autopista, nom e separan más de 200 km de Plymouth.
Visito Exeter y otros pueblos que, comparados con lo que he visto en Gales, Inglaterra y Escocia, no tienen nada que ofrecerme. La moto engulle kilómetros por carreteras agrícolas hasta llegar a algo que los ingleses llaman la “English Riviera”. Cuando ví la indicación, plasmada en un segado talud con setos y flores creí que esta riviera sería algo parecido a Marbella o a Niza o... cualquier cosa menos lo que me encontré allí. Si para ellos esta es su “Riviera” pues vale, pero el lugar deja bastante que desear.
Cientos de casas de alquiler jalonan la costa pero les falta la chispa, el ambiente y, sobre todo, los bares y restaurantes, con sus terrazas. ¿Qué riviera es ésta si no hay “movida”? Eso sí, los edificios, estéticamente, les dan mil vueltas a los de la especulada costa española. Y ya que hablo de edificios, en todo mi viaje no he visto rascacielos, ni siquiera edificios de siete plantas en ninguno de los lugares por los que he pasado. Aquí casi todo es de arquitectura amable, muy tradicional incluso en las nuevas construcciones. Las viviendas unifamiliares con jardín y patio son la tónica general, incluso en ciudades grandes. que suerte para un país poder vetar a pretenciosos arquitectos...
Salgo de esta extraña “riviera” y vuelvo a las zonas agrícolas para. poco a poco, adentrarme en Plymouth, el destino final de mi viaje por el Reino Unido.
Hoy sí que estimo oportuno quedarme en un camping porque ya huelo. Si no fuera por la ducha volvería a buscar un solitario prado para acampar, pero necesito un poco de higiene. Los B&B más baratos suelen costar unos 40 o 50 € y mi presupuesto ya está bastante desbarajustado así que me dedico a la búsqueda del camping.
Mi idea es llegar a Plymouth, tomar una, (o dos), Ginness y buscar un “camp site” por los alrededores. Por cierto, lo del “camp site” es una palabra nueva para mi... cuando les decía “camping” parece que no me comprendían.
La primera parte bien, llegar a la ciudad y recorrerla entera. Lo que no conseguí fue encontrar una terracita donde tomarme una cerveza con un ojo puesto en la moto. Por supuesto, al día siguiente ví varios lugares que cumplían los requisitos que yo exigía.
La segunda parte, buscar un camping, me llevó unas dos horas. Encontré uno, completo, a 15 km de la ciudad y allí me indican otro que está a escasos 5 km de Plymouth. Tras varias vueltas a las diversas rotondas que tanto gustan aquí llegué al “camp site” donde, nada más montar la tienda, comenzó a diluviar.
El camping era un lujazo, parecía que estaba acampado en el “green” de un campo de golf, todo segado de forma exquisita y cuidado hasta el mínimo detalle. Eso sí, la minuta diaria son 22 libras por la tienda y la moto.
A las 8 de la tarde estoy en la tienda, recién duchado y escribiendo la crónica diaria co la vana esperanza de que deje de llover un rato para bajar a Plymouth a cenar y tomar una cerveza. Siguió lloviendo hasta bien entrada la noche y yo me dormí casi de inmediato. Mi cuerpo comenzaba a acusar el cansancio de los últimos dos días rodando intensamente.
25 Julio 2006
Lunes 19 de junio de 2006
Capítulo VI.
Dejo Chester con melancolía y al salir de la ciudad, rodando de nuevo en la campiña, me vuelve a invadir esa sensación de felicidad y de contenida emoción, esa sensación de sentirme inmensamente agitado en mi solitario periplo por estas tierras. La moto va como una seda, exceptuando el problema con el cuenta y el hecho de que no me marca la temperatura, nada preocupante. Y menos el tema de la temperatura, que ya hace semanas que dejó de funcionar. Como para los repostajes necesito saber el número de km recorridos, (lleno el depósito cada 300), realizo el cálculo con el GPS en lugar de usar el cuentakm parcial. También para saber a qué velocidad circulo, en estas carreteras llenas de limitaciones, con lo cual voy alternando entre las pantallas “mapa” y “datos”, un poco engorroso, pero efectivo. No he sido capaz de encontrar la avería del cuenta por más que he mirado y la opción del taller ni se me pasa por la cabeza en este país, habida cuanta de los precios que se estilan por aquí.
Mientras voy disfrutado de mis placenteras ensoñaciones por tranquilas
carreteritas un ruido ensordecedor hace que casi pierda el equilibrio. Fue como un enorme rugido, como un trueno que, bramando estridente, pasaba sobre mi cabeza. El susto fue tan monumental que tuve que detener la moto para sosegarme. En lontananza, alejándose de forma vertiginosa, un caza de la RAF, pasaba rasante a menos de 500 metros de altura rompiendo la quietud de las colinas galesas. Inmediatamente recordé cuando, a los 7 u 8 años, estando con mi padre en su taller nos sobrevolaron dos cazas a baja altura también con un ruido estrepitoso. Mi padre, dejó la forja y con el martillo en alto gritó con los brazos levantados “hijos de puta!!”. Fue una declaración de ideas, un bramido que le salía del corazón.
Antes de poder darme cuenta estaba repitiendo las mismas palabras dentro del casco, de forma inconsciente, al piloto del F-16 y a toda su parentela, en venganza por el vuelo rasante que me sacó el corazón del pecho.
Poco a poco la Yamaha devora kilómetros y nos vamos adentrando en el Gales profundo entre prados y bosquetes de escasa entidad. Me apetece conocer la costa oeste, el mar de Irlanda y las playas galesas, si es que las hay, así que enfilo la rueda en esa dirección después de pasar Wrexham. La carretera es cada vez más estrecha y en Llangollen tomo un desvío equivocado que va al norte de mi ruta. Al dar la vuelta para tomar la vía buena vuelvo a pasar al lado del “Museo del Motor” y, como la primera vez se me ocurrió parar y no lo hice, decido que el destino me ha enviado una señal haciéndome pasar dos veces por su puerta. Aparco y entro en el “museo”.
Me quedo un poco de piedra cuando me reciben en una especie de oficina de taller sacada de una película. Un lugar oscuro, lleno de estanterías y con un pequeño mostrador de madera con el frente de cristal. Tras éste, coches de juguete, pegatinas y otros objetos de difícil descripción con rancia apariencia. Luego, una vez dentro, hay un pasillo estrecho con un montón de estanterías llenas de piezas de coche. Veo limpiaparabrisas, carburadores, manillas de puerta, bielas y un sinfín de repuestos que acumulan polvo y añoran tiempos pretéritos.
- Definitivamente esto es un taller cerrado,- pienso.
Y si, era un taller cerrado, pero una vez superado el umbral era como sumergirse en el descuidado centro de trabajo de un viejo mecánico. Lo primero que me encuentro es una Norton de los años 30 o 40, aparcada en un recodo, como esperando a que alguien revisara las bujías antes de partir para Liverpool.
Luego, en la “zona de trabajo”, decenas de motos y coches de todas las épocas almacenados como a la espera de reparación. Casi todos estaban primorosamente restaurados, incluso una Harley del ejército de los años 40, con su pala y todo.
Dejo estampada mi firma en el “Libro de Taller” y hojeo algunos catálogos y revistas de los 50. Hay cientos.
Definitivamente, el despiste y la posterior parada han merecido la pena.
Continúo mi marcha por carreteras cada vez más estrechas atravesando las Cambriam Mountains y me extraño de no cruzarme con nadie por estos parajes. Es como si solo yo y las ovejas, (los bichos de la caldereta, ya sabes), existiéramos en este superpoblado país. Durante varios km. ruedo por lo más alto de esta cadena montañosa que recorre Gales de norte a sur sin más compañía que los bóvidos y los bosquetes de abetos de jalonan la carretera, además de una fina lluvia que, de nuevo, vuelve a visitarme. Estoy en el centro del Aberhirnant Forest, en el borde del Parque Nacional de Snowdonia.
Un nuevo error de orientación por no mirar el GPS y confiar en mi instinto, me saca de la ruta que me había marcado mentalmente y cuando me quiero dar cuenta estoy rodando por una carretera de poco más de dos metros de ancho, un especie de trinchera excavada en el verde de ambos márgenes, a tres metros de profundidad después de haber pasado por el extraño pueblo de Pen y Bon Fawr, otro de esos pueblos medio fantasmas. La diferencia es que este está situado en un bonito valle, una especie de olla rodeada de verdes montañas cubiertas de brezo.
Después de unos 15 o 20 km. rogando a los dioses galeses que no apareciera ningún coche de frente, aparezco en una vía un poco más ancha y mi mente se relaja. Sigue lloviendo suavemente, una lluvia fina y persistente que, aunque parezca extraño, me reconforta enormemente. Una vez más me invade esa extraña sensación de paz interior y de felicidad plena a los mandos de mi Yamaha Tenere. (dita sea, me estoy enamorando de ella).
La carretea, que discurre ahora entre alisos, abetos y arces, invita a una conducción relajada y al solaz recreo de la vista. A menudo pienso que es una lástima disfrutar solo de este viaje aunque, seguramente, ahí es donde está la gracia del mismo.
Mientras estoy absorto en mis pensamientos y en el devenir viajero llego a “Lake Vyrnwy”, una reserva natural donde abundan los urogallos, mochuelos y zarapitos entre otras aves. Me cruzo con varios coches con tablas de windsurf e inmediatamente intuyo de que es un centro de deportes acuáticos.
Para llegar al lago desde la población de Llanwddyn hay que hacer dos km en uno de los tramos mas bellos que he visto en toda la ruta. Aún se me pone un nudo en la garganta al recordar la revirada carretera, oscura a pleno día a causa de los árboles que impiden la entrada de la luz. A mi izquierda el río y los alisos dominándolo todo. Una curva enlaza con la siguiente mientras la Teneré y yo ascendemos por la suave pendiente con perfectas trazadas.
Al llegar al lago una nueva sorpresa me espera. En realidad no es un lago sino un embalse artificial... esto del idioma sigue siendo un handicap. Aún así el lugar es impresionante.

La presa es una mole de bloques de piedra con multitud de arcos. Nuevamente, nada que ver con las presas de mi tierra, tapones de hormigón armado herencia del pasado franquista.
El embalse de Llanwddyn se terminó de construir en 1888 y su objetivo era abastecer de agua a Liverpool, en constante crecimiento en plena revolución industrial, y dejó sepultada bajo sus aguas la antigua aldea. Me imagino las grúas a vapor moviéndose pesadamente para colocar los grandes bloques de piedra en su sitio

Digo adiós a la presa y en poco tiempo salgo de estas carreteras de segundo orden para retomar dirección oeste, hacia la costa. Voy dejando atrás el valle del Dover por la A-489, pueblos y pequeñas ciudades que constantemente me recuerdan a Asturias, sobre todo por los campos y pequeños bosquetes, tan típicos de la zona centro asturiana. Aquí las construcciones son más standard que en el centro de Gales o el oeste de Inglaterra. Aún sin llegar a la histeria del ladrillo español, no es ésta una zona que encandile por su arquitectura.
Por fin llego al mar, a la ciudad de Aberystwyth, un nombre que ni me atrevo a pronunciar en inglés. A dos o tres km de la city, en un promontorio que me ofrece buena vista de la bahía de Cardigan, compruebo anonadado, que no hay playas ni acantilados. Simplemente no existen. En su lugar extensiones verdes perladas de ovejas se adentran en el agua o roquedos y areneros plagados de algas se adentran en lo verde. No hay turismo, no hay chiringuitos, solo agua salada al lado de los prados.
No puedo seguir porque mi culo lleva un rato diciéndome que me detenga cuando, de repente, una “tavern” se interpone en mi camino obligándome a gastar 2,50 pound en una Ginness bien fría. He descubierto un vicio nuevo que, unido a los que ya tengo, me va a llevar a la perdición. Seis años sin cerveza es mucho castigo y mucha cerveza para recuperar el tiempo perdido.
Una vez satisfecha la perversión cervecera continúo por la costa en dirección sur con la esperanza de encontrar un camping en la zona de Swansea, cerca del sur de Gales. Atravieso la península de Pembrokeshire y me voy internando en una zona mucho más poblada que el centro y el oeste galés y con un marcado carácter industrial. Poco tardo en darme cuenta de que aquí me va a costar trabajo encontrar un camping así que opto por la acampada libre, que seguramente esté prohibida en este educado país. Ya he recorrido unos 350 o 400 km por carreteras de todo tipo, sobre todo secundarias estrechas y reviradas y estoy muy cansado. Recorro los suburbios de Swansea sin encontrar más verde para poner la tienda que los jardines de las casitas del extrarradio, el resto está construido o es demasiado pendiente. Dejo atrás la ciudad y recalo, sin saber como, en un insustancial polígono industrial donde, afortunadamente, el sentido común se impone y me recomienda no acampar en esta zona. Ahora ya estoy en Port Talbot, con Swansea veinte km atrás. Aquí las chimeneas y las luces de sus fábricas me rodean por doquier. Rotondas, pasos elevados, autovías, autopistas... toda una suerte de infraestructuras varias me rodean por todos lados mientras comienza a anochecer y busco desesperadamente un mal sitio donde caerme muerto.
Por fin, después de dar vueltas un rato más consigo evadirme del laberinto de hormigón y encuentro una zona agrícola. El primer prado que veo me parece idóneo; recién segado, rodeado por un muro de piedra y con algunos árboles sueltos. Por fin la suerte me sonríe, la búsqueda ha sido recompensada. Busco la entrada a la hacienda y la encuentro flanqueada por una verja, sobre la cual puede leerse, “Margam Park” y tras ella un todo terreno de los vigilantes jurados. Mi gozo en un pozo.
A poco más de dos km de aquel idílico, pero vedado lugar, encuentro un camino de tierra que se adentra en un espeso bosque. Me meto hacia lo incógnito y aparezco en un prado segado y rodeado de árboles. Ahora si. De aquí no me saca ni dios! pienso mientras monto la tienda, eso sí, con un ojo pendiente del acceso para ver cuando llegaba la policía o el dueño del prado. Me imagino a mi mismo intentando explicar a cualquiera de ellos, con mi inglés macarrónico, mi presencia en aquella propiedad privada. Una vez erigido mi transitorio hogar, en la soledad de aquel lugar, intento recapacitar sobre lo que ha dado de sí el día de hoy; tarea imposible, el cansancio me lo impide y me duermo de inmediato
Chester-Port Talbot, 400 o 450 km.
18 Julio 2006
Domingo 18 de junio de 2006-07-14
A lomos de la Yamaha Tenere salgo de Stirling a las nueve o diez de la mañana con el cielo encapotado y amenazando lluvia. Mi idea es visitar Edimburgo para luego seguir, en dirección sur, hacia Chester donde voy a quedarme uno o dos días en una casa del Hospitality Club. Al llegar a Edimburgo me llevo una desilusión porque había leído maravillas de esta ciudad y lo que voy viendo no me gusta gran cosa. Las grandes avenidas y, sobre todo, el extrarradio no me aportan nada nuevo, supongo que el centro, la ciudad vieja será distinto.
Doy varias vueltas dejándome perder una y otra vez por el centro entre el escaso tráfico de un domingo por la mañana. Todo está muy tranquilo, parece que la ciudad aún no se ha despertado. Después de callejear un rato, siempre muy atento a los semáforos y a los cambios de carril, veo que la ciudad no me enamora a primera vista y decido perderme los encantos ocultos de, la que dicen, es una de las ciudades mas bellas de Europa. Otra vez será.
En lugar de ir a buscar la confortable autopista M-74 que, junto con la M-6 y la M-5 atraviesan el país longitudinalmente, tomo una carretera nacional que va más al este, por Galashiels hasta Carlisle, la A-7.
Poco tarda en comenzar a llover y tan solo un poco más en diluviar de modo que estiro las paradas todo lo que puedo y solo me detengo a repostar. Cuando me convenzo a mi mismo de que el aguacero va para largo, después de una hora de viaje, me pongo el traje de aguas porque el pantalón waterproff con el tiempo “hace aguas”. Parado en un apartadero en mitad de la nada y bajo una persistente lluvia, me doy cuenta de que he perdido parte de mi equipaje. Durante unos instantes dudo si dar o no la vuelta a buscar lo que haya quedado y al final decido volver a ver si se ha salvado algo.
Afortunadamente, a los pocos km. encuentro mi bolsa de basura despanzurrada con parte de su contenido mirando al cielo que arroja agua sin compasión. Después de evaluar los daños veo que no hay grandes bajas así que recojo todo, lo fijo con más seguridad a la montura y continúo ruta.
En Carlisle, harto de lluvia tomo la M-6 y el viaje continúa su aburrido ritmo hasta las cercanías de Manchester donde el cielo parece haber agiotado sus reservas de agua.Llevo unos 350 o 400km, de los cuales 300 han sido bajo variadas intensidades de lluvia.
En poco más de una hora estoy en Chester buscando la casa de Gricel, una chica cubana que me brinda su casa para hospedarme. Lo que voy viendo de la ciudad me deja anonadado por su belleza.
Más tarde, paseando por el canal, por la muralla romana o por sus calles plagadas de historias, no doy crédito a lo que veo. Es una ciudad de cuento donde una postal preciosa aparece al doblar cada esquina.
Las casas del centro histórico son algo increíble, todas blancas con sus vigas pintadas en negro, todas encandilando al visitante con su belleza. Una vez más tengo un recuerdo para los arquitectos españoles del feismo, a los que Alá confunda.
Mientras Gricel me muestra muchos rincones de ensueño, no puedo dejar de pensar que a la ciudad, aún siendo una maravilla le falta algo. Ya sé, le faltan los bares!. En España una ciudad como esta estaría llena de bares, de restaurantes, de terrazas... aquí la mayoría de los establecimientos son tiendas donde los ingleses revierten su altísimo poder adquisitivo. Yo, como no soy ingles, me conformo con mirar.
Paseamos por el canal con sus decenas de exclusas, bordeando la muralla para terminar el día con una pinta de Ginness en un típico pub inglés al lado del río.
Chester no es una ciudad peligrosa, pero, como en todos sitios cuecen habas, Gricel me sugiere que guarde la moto en casa. Así que, ni corto ni perezoso, le quito las maletas al trasto y, con gran tiento, la moto entra por la puerta principal, quedando cómodamente instalada en un típico salón inglés con chimenea. Me pregunto que pensaría el marido de Gricel si supiera que hay un hombre y una moto en su casa, tomando el té en su salón y saliendo a pasear con su chaqueta Northface. Afortunadamente el hombre está en Barcelona y no regresa hasta el martes. Disfruta del concierto, majo.
Al día siguiente, antes de irme, vuelvo a pasear por el centro buscando un tienda de fotos para descargar las tarjetas de la cámara a un CD. Vuelvo a quedarme embelesado con todo esto. Pero el correctísimo dependiente me saca de mi ensoñación. La grabación del CD me ha salido por 7 libras esterlinas.
- Hijo de puta atracador- , pienso mientras le extiendo un billete de diez con la mejor de mis sonrisas.
Si algún día, sufrido lector, vas a Inglaterra, acuérdate de pasar por Chester. Jamás olvidarás sus calles.
Stirling-Chester 500 km. aproximadamente
13 Julio 2006
Jueves 14 de junio de 2006
Hoy es mi primer día completo en Escocia y me levanto a las siete de la mañana para ir a desayunar y acudir al congreso internacional en el que estoy inscrito. El día amanece despejado y apetece salir a conocer un poco esto. Digo que amanece despejado, pero en realidad parece que no ha anochecido del todo. Sobre las 11 de la noche aún quedaban restos de luz crepuscular y a las cuatro de la mañana comenzó a amanecer. Hay que tener en cuenta que estamos muy al norte, en la misma latitud que Moscú, por ejemplo, y el círculo polar ártico está a tiro de piedra.
Después de desayunar me voy al salón de actos y compruebo, desilusionado, que no hay traducción simultanea.
- Coño!- , pienso – tan avanzados que están los de esta isla bien podrían haber pensado un poco en los extranjeros, que aquí hay gente de los cuatro continentes y no todos dominamos la lengua del imperio.
Acudo a la primera de las charlas impartida por una diputada local y no me entero de gran cosa. Solo consigo pillar algunas palabras sueltas. Visto el efecto que va a tener el congreso éste sobre mi persona decido pasar de todo y encaminarme hacia lugares más propicios para mi enriquecimiento personal.
En menos de veinte minutos ya estaba de nuevo sobre la moto, como no, en dirección norte, mientras mis compañeros aguantaban estoicamente el tostón. Me sentí un poco avergonzado por “pirar clase” el primer día, pero mi autocomplacencia es grande y pronto olvidé el asunto. No era cuestión de tirar los pocos días que iba a estar por estas tierras escuchando incomprensibles discursos.
En la primera gasolinera que encuentro me paro a repostar y pregunto por dónde se va a Doune, donde hay un famoso castillo. El gasolinero, muy amable y hablando un inglés bastante comprensible me envía por unas carreteras secundarias en lugar de ir por la general. La cosa se agradece porque además de haber muy poco tráfico discurren por zonas muy bonitas.
Llego a Doune y le hecho un vistazo rápido al castillo. Solo por el exterior porque quiero ver más cosas y no dispongo de demasiado tiempo. En castillo es impresionante y está en un entorno realmente bello.
Continúo en dirección nor-noroeste por la A-84 ora entre prados, ora entre abetos por una carretera con buen firme aunque estrecha. Después de pasar Callander por el Paso de Leny, un paraje angosto lleno de curvas y arboleda, el mundo se abre de nuevo y llego al lago Lubnaig.
La belleza de este pequeño, (para lo que se estila por aquí), lago me sobrecoge y me veo obligado a detener la moto para reflexionar. Hay unas cuantas personas en el borde del lago. Algunos en silencio, otros almorzando con sus mesas de pic-nic y otros simplemente admirando la quietud y la belleza de este lugar. El lago está rodeado de montañas de escasa altitud, como son aquí todas las montañas, con bosquetes de abetos, abedules y alisos rodeando la masa de agua.
Me bajo de la moto, me quito la cazadora y el casco con parsimonia y saco la gaita de la mochila. En la orilla, con la lámina de agua ondulando a mis pies entono la Muñeira de Grandas mientras que los pacientes escoceses me miran con una cara que va de la sorpresa a la resignación.
Cuando termino, desmonto de nuevo la gaita, la introduzco en la mochila y me voy, dejando a los perplejos espectadores con semblante circunspecto. Si al menos me hubieran aplaudido podría haber hecho una reverencia a modo de despedida, incluso un “bis” si la ocasión lo requiriese, pero en vista de su parquedad, me voy tan serio y altivo como he llegado, como si les hubiese hecho el favor de regalarles los oídos con una pizca de mi música.
He de decir que soy bastante malillo con la gaita, pero también, añadir en mi descargo, que solo llevo tocando nueve meses, aún no he parido lo mejor de mi.
Sigo ruta después del parón musical dejando atrás el Ben Vorlich y Lochearnhead, otro precioso lago que paso por su extremo oeste. A partir de aquí descubriré que los loch, los lagos, son una constante en el paisaje escocés y que los hay de todos los tamaños y formas; grandes, pequeños, bonitos, feos, pero la mayoría con un encanto especial.
Por esta zona comienzo a ver cortas de madera y bastantes aprovechamientos forestales, con grandes repoblaciones de abeto y pino. Es un paisaje que recuerda a las fotos de Canadá o algunos parques nacionales de Estados Unidos, con sus lagos y sus abetos. Bucólicas estampas después de cada curva.
Bordeando el Loch Tay, a los pies del Ben More me uno a una pareja de moteros holandeses, l en una Yamaha TDM y ella en una BMW GS650. En una zona de obras en la que tenemos que detenernos me pongo a su lado, nos miramos, hacemos una leve inclinación de cabeza y continuamos unos km. juntos, hasta Crianlarich, donde el hambre nos obliga a parar. No podemos intercambiar muchas impresiones porque, a pesar de que hablan entre los dos, inglés, alemán, francés y flamenco, mi dominio de cualquiera de estos idiomas es muy pobre. Ya ves para qué les sirvió saber tantos idiomas!!
Conseguimos entendernos en su escaso francés. Se muestran un tanto extrañados por la estética de la moto y me pregunta la marca y el modelo. La verdad es que de Teneré le va quedando cada vez menos con las sucesivas oleadas de custumización ratera.
De Crianlarich me dirijo hacia Fort William, sin saber nada de la ruta porque me he dejado las guías en la universidad. No se para que me molesto en comprar nada. Ni la guia, ni el diccionario, ni el diccionario fonético... aquí va todo por las bravas.
La ruta en cuestión es una especie de altiplano bastante frio, con unas rectas enoooormes jalonadas por imponentes montañas. Bidean nam Bian y otros vocablos impronunciables son los nombres de estas moles con tapiz verde.
Las montañas no tienen mucha altitud, de hecho el punto más alto del país es el Ben Nevis con mil trescientos y poco metros. Lo que ocurre es que se pasa de los 100 o 200 metros sobre el nivel del mal a los 900 o 1000 en muy pocos metros, con lo cual las montañas son enormes y de laderas escarpadas. El paisaje recuerda un poco a los Pirineos en algunos puntos, aunque, en general, me recuerda a Asturias constantemente.
Aquí es el lugar donde comienzan las Highlands, las tierras altas donde los ladrones de ganado en tiempos ulteriores campaban a sus anchas. De hecho, a expensas del ejército inglés se construyó una vía de tren para acceder a Glencoe y a Fort William y paliar así los efectos que estos rudos cuatreros hacía sobre la cabaña ganadera de los grandes clanes, imagino que la versión escocesa de los ricos terratenientes españoles.
El ganado principal aquí, al igual que en el resto del país son las ovejas, (ya sabes, el ingrediente básico de la caldereta), pero además hay unos bichos con cuernos y con cara de buena persona, las Cow Hair o, como yo las llamo, las vacas peludas. Son uno de los emblemas de las Highlands.

La bajada hacia Glencoe, lugar que a muchos les sonará porque hay una famosa marca de wisky, es un tanto vertiginosa en algunos puntos, pero disfruto mucho rodando por aquí. Parece que esta es una ruta habitual de motos porque las hay de todos los colores, eso sí, alta cilindrada, y alto precio, que no veo ningún trasto como el mio por estos lares.
Fort William es una villa un tanto anodina. Creí que iba a ser otra cosa y me siento un poco desilusionado.
Oigo música que sale de la zona peatonal en inmediatamente me detengo no vaya a ser que necesiten de mis servicios como gaiteiro, aunque con la cantera que tienen aquí lo dudo. Cuando me acerco un poco más, después de dejar la moto, me encuentro a unos sioux cantando danzas tribales.
Por un momento pienso si no habré dado un salto en el tiempo y el espacio. Solo espero que no estén cantando la danza de la lluvia.
Durante un rato estuve pensando si dirigirme al norte, al Lago Ness o si al este, al mar y a la zona de Argyll. Al final deshecho la posibilidad del lago Ness porque todo el mundo dice que no es muy bonito y además tengo que regresar a Stirling o buscar alojamiento por la zona, lo cual es una lástima teniendo el alojamiento y la comida ya pagados en la universidad.
La decisión fue un acierto. Voy rodando por una carreterilla de segundo orden siempre con el mar a mi derecha, con muy poco trafico y disfrutando de los olores y del mar. El tiempo ha refrescado bastante y de vez en cuando caen dos o tres gotas, pero las nubes permanecen altas y no presagian lluvia. Los nativos americanos no han tenido éxito. Espero que vendan muchos cd’s.
En Inveraray me detengo a ver el imponente castillo con sus cuidados jardines alrededor. Me pregunto quien será el dueño de todo esto porque en un cartel, a la entrada, pone claramente que es propiedad privada. La envidia me reconcome un ratillo.
Ahora me dirijo al Lago Lomond que es enorme. Creo haber leído en algún sitio que es la extensión de agua dulce más grande de el Reino Unido. Yo, acostumbrado a ver las lagunas y lagos de mi tierra me quedo un poco sobrecogido con estas cosas. Y hablando de tamaños, (dicen que no importa), en todos los mapas que he consultado, y fueron muchos, esto parecía mas pequeño. El United Kingdom y Escocia en particular, ha resultado ser mas grande incluso que la grandeza que propugna su graciosa majestad.
Rodeando el lago me di cuenta de que ya estaba un poco harto de ruta, tenia el culo cuadrado y la moto hacia ruidos extraños a ir a detenerse.
Estuve un rato preocupado por esos ruidos hasta que, al final, el cuentakilómetros dejo de funcionar y los ruidos cesaron por completo.
Desde el lago Lommond hasta Stirling escogí una ruta alternativa, fiel a mi estilo. Una carreterita de tercer orden, la “Old Military Road” donde todas las gasolineras estaban o cerradas, o había que llamar al dueño para que te sirviera gasolina. No caí en la cuenta que desde que hice el reglaje de válvulas y carburación, en la lejana ciudad de Lugo, la moto consumía la mitad que antes, de modo que iba preocupado por nada.
Al llegar a la universidad me encuentro con los compañeros que, muertos de envidia desearían tener una moto para moverse a sus anchas por la zona.
De nuevo, visito el bar donde descubro, después de tomarme unos wiskys, que la Ginness de barril no me da alergia, como el resto de las cervezas. Ya llevo más de seis años sin catar la cerveza y este descubrimiento reabre viejos placeres para mis anquilosadas papilas gustativas.
La resaca de mañana es un hecho esperable
Stirling-Fort William-Stirling Unos 350 o 400 km.
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